Jugar videojuegos en familia: beneficios, límites y consejos para compartir esta actividad

Compartir una partida puede convertirse en algo más que pasar un rato frente a una pantalla. Para una familia, los videojuegos pueden ser una actividad de ocio comparable a ver una película, preparar una receta juntos, jugar un partido o sentarse alrededor de un juego de mesa. La diferencia está en cómo se integran dentro de la vida cotidiana.
Cuando padres e hijos juegan juntos, los adultos tienen la oportunidad de conocer una afición que para muchos niños y adolescentes resulta importante. También pueden observar cómo reaccionan ante una derrota, cómo cooperan, qué decisiones toman y de qué manera se relacionan con otras personas dentro del entorno digital.
Sin embargo, jugar videojuegos en familia no significa que cualquier juego, horario o cantidad de tiempo sea conveniente. Para que la experiencia resulte positiva es necesario elegir bien, establecer ciertos límites y, sobre todo, evitar convertir cada partida en una clase o en una herramienta de vigilancia.
La idea es mucho más sencilla: encontrar otra actividad que la familia pueda disfrutar junta.
- Cuando el videojuego deja de ser “cosa de los hijos”
- Jugar juntos puede abrir conversaciones diferentes
- La cooperación puede ser más interesante que la competición
- Elegir el videojuego adecuado cambia toda la experiencia
- Los límites siguen siendo necesarios aunque todos estén jugando
- No conviertas la partida familiar en una supervisión encubierta
- Aprovecha para enseñar seguridad digital de forma natural
- Qué hacer cuando alguien se frustra demasiado
- Deja que los hijos también elijan
- Una tarde familiar de videojuegos puede organizarse sin complicaciones
- Los videojuegos no necesitan sustituir otras tradiciones familiares
- Preguntas habituales antes de empezar a jugar en familia
- Compartir el juego importa más que dominarlo
Cuando el videojuego deja de ser “cosa de los hijos”
En algunos hogares existe una división muy marcada. Los hijos juegan y los padres aparecen únicamente cuando consideran que ha llegado el momento de apagar la consola.
Esta dinámica puede hacer que buena parte de las conversaciones relacionadas con videojuegos sean negativas:
“Ya llevas demasiado tiempo”.
“Apaga eso”.
“Tienes otras cosas que hacer”.
“Siempre estás jugando”.
Participar ocasionalmente cambia esa relación.
Un padre que se sienta junto a su hijo y pregunta cómo funciona el juego empieza a conocer algo que antes observaba desde fuera. Puede descubrir que hay que resolver acertijos, administrar recursos, construir, competir, colaborar o tomar decisiones.
No es necesario convertirse en aficionado.
Incluso puede resultar divertido que los hijos tengan que enseñar a los adultos.
“¿Qué botón tengo que presionar?”
“¿Cómo consigo llegar hasta allí?”
“¿Por qué perdimos?”
Ese intercambio modifica temporalmente los roles. El hijo pasa a ser quien domina la actividad y tiene que explicar algo que conoce.
Para muchos padres, además, jugar alguna vez permite comprender mejor por qué determinados videojuegos son tan atractivos para sus hijos.
Jugar juntos puede abrir conversaciones diferentes
Las conversaciones familiares no siempre aparecen cuando alguien decide sentarse formalmente y preguntar: “¿Cómo estás?”.
A veces surgen mientras se realiza otra actividad.
Una partida puede proporcionar ese contexto.
Mientras padre e hijo intentan completar un objetivo cooperativo pueden terminar hablando del colegio, los amigos o cualquier acontecimiento del día.
No es necesario forzar la conversación.
De hecho, uno de los errores sería convertir cada sesión en un interrogatorio disfrazado.
El valor está precisamente en compartir el momento.
También permite que los padres conozcan mejor cómo se comportan sus hijos cuando juegan.
Pueden observar si toleran una derrota, si celebran de manera respetuosa, si ayudan a otros jugadores o si se frustran rápidamente.
Estas situaciones ofrecen oportunidades naturales para conversar.
Si un niño pierde y se enfada, por ejemplo, no siempre hace falta detener inmediatamente la partida para darle un discurso sobre la frustración.
Puede ser suficiente decir:
“Entiendo que querías ganar. Probemos otra vez”.
En otro momento se podrá hablar con más calma sobre cómo gestionar una derrota.
La cooperación puede ser más interesante que la competición
No todas las familias disfrutan compitiendo entre sí.
Si una partida termina siempre con alguien molesto porque perdió, puede resultar más agradable elegir videojuegos cooperativos.
En estos juegos, varios participantes trabajan para conseguir un objetivo común.
Uno puede necesitar ayudar al otro, coordinar movimientos, repartir tareas o diseñar una estrategia conjunta.
Eso cambia la dinámica.
En lugar de:
“Yo gané y tú perdiste”,
la conversación pasa a ser:
“¿Cómo conseguimos superar esto juntos?”
Para familias con jugadores de niveles muy diferentes también puede resultar más cómodo.
Un padre que prácticamente nunca ha utilizado un mando probablemente tenga dificultades para competir contra un adolescente que juega desde hace años.
En un juego cooperativo, en cambio, el hijo puede enseñarle y ayudarlo.
Por supuesto, competir tampoco es negativo. Una competición amistosa puede ser muy entretenida.
La clave está en conocer cómo reacciona cada miembro de la familia y elegir experiencias que todos puedan disfrutar.
Elegir el videojuego adecuado cambia toda la experiencia
No basta con decidir que la familia va a jugar junta.
También hay que escoger qué jugar.
El primer aspecto que conviene revisar es si el contenido resulta apropiado para las edades de quienes participarán.
Las clasificaciones por edades sirven como una referencia inicial, pero los padres pueden ir más allá y conocer previamente el contenido, la mecánica y las funciones del juego.
También es importante valorar la dificultad.
Si un videojuego exige demasiada experiencia, los jugadores principiantes podrían pasar la mayor parte del tiempo intentando comprender los controles.
Para una actividad familiar suele ser más práctico comenzar con propuestas accesibles.
Los juegos de carreras, deportes, música, construcción, rompecabezas, aventuras cooperativas o minijuegos pueden funcionar bien dependiendo de los intereses familiares.
Otro aspecto relevante es la duración.
Una partida que puede completarse en veinte o treinta minutos es más sencilla de incorporar después de cenar que una experiencia que exige varias horas continuas.
Antes de comprar un videojuego pensando en utilizarlo en familia, conviene preguntarse:
¿Pueden participar varias personas?
¿Es adecuado para sus edades?
¿La dificultad permite que todos disfruten?
¿Las partidas tienen una duración razonable?
¿Incluye compras adicionales?
¿Necesita conexión a internet?
¿Permite interactuar con otros usuarios?
Estas preguntas evitan muchas sorpresas.
Los límites siguen siendo necesarios aunque todos estén jugando
Cuando los videojuegos se convierten en una actividad familiar, puede parecer contradictorio establecer límites.
No lo es.
Precisamente porque se trata de entretenimiento, necesita convivir con otras partes de la rutina.
Una tarde familiar de videojuegos puede ser perfectamente compatible con salir a caminar, estudiar, visitar familiares, realizar actividad física o simplemente descansar.
El problema aparece cuando una actividad empieza a desplazar sistemáticamente a las demás.
Los adultos también deberían participar en el cumplimiento de los límites.
Si se acuerda terminar a determinada hora, no tiene demasiado sentido que sea el padre quien diga:
“Una partida más”.
El ejemplo tiene bastante peso.
También es útil decidir el horario antes de empezar.
Por ejemplo:
“Jugaremos después de cenar y terminaremos aproximadamente a las nueve”.
Así nadie necesita negociar en mitad de la partida.
Cuando se aproxima el final, conviene evitar comenzar un juego que probablemente se prolongará más allá del tiempo disponible.
No conviertas la partida familiar en una supervisión encubierta
Existe una diferencia entre acompañar y vigilar constantemente.
Si un adolescente siente que sus padres juegan con él únicamente para revisar qué hace, con quién habla y qué mensajes recibe, probablemente dejará de percibir la actividad como un momento compartido.
Los padres necesitan supervisar de acuerdo con la edad y madurez de sus hijos, especialmente en entornos online.
Pero esa supervisión debería ser transparente.
Es preferible decir:
“Quiero conocer cómo funciona el chat porque es importante que sepamos con quién puedes comunicarte”,
que intentar revisar todo a escondidas durante una partida.
La confianza también se construye explicando las razones de las normas.
Un niño pequeño necesitará mucha más supervisión que un adolescente que ha demostrado responsabilidad.
Conforme crece, la autonomía debería aumentar progresivamente.
Aprovecha para enseñar seguridad digital de forma natural
Jugar juntos permite descubrir directamente qué funciones online ofrece un videojuego.
Tal vez exista chat de voz, mensajes, posibilidad de agregar contactos o interacción con jugadores desconocidos.
Ese puede ser un buen momento para hablar sobre seguridad.
Sin dramatizar.
Los hijos deberían saber que determinados datos personales no deben compartirse libremente con personas que conocen dentro de un juego.
También necesitan saber qué hacer si otro jugador los incomoda, insulta o solicita información inapropiada.
Bloquear, silenciar, abandonar una conversación o utilizar las herramientas de reporte pueden ser opciones disponibles dependiendo de la plataforma.
Igualmente importantes son las compras digitales.
Si un juego permite comprar objetos, personajes, monedas virtuales u otros contenidos, las reglas deberían estar claras.
Por ejemplo, ninguna compra se realiza sin autorización.
Compartir videojuegos permite que estas conversaciones surjan dentro del contexto real en el que tendrán que aplicarse.
Qué hacer cuando alguien se frustra demasiado
Las partidas familiares no siempre terminan entre risas.
Alguien perderá.
Alguien cometerá un error.
Un hermano puede ganar varias veces consecutivas.
Un padre puede presionar accidentalmente el botón equivocado justo cuando estaban a punto de superar un nivel.
Y puede aparecer la frustración.
La primera regla debería ser evitar burlarse de quien tiene menos habilidad.
Frases aparentemente inocentes como “eres malísimo” pueden quitar rápidamente las ganas de participar, especialmente cuando existe una diferencia considerable de experiencia.
También conviene establecer límites sobre el comportamiento.
Estar molesto porque se perdió una partida es comprensible.
Insultar, lanzar objetos o tratar mal a otra persona no debería considerarse parte normal del juego.
Si alguien está demasiado frustrado, una pausa puede ser mejor que insistir en continuar.
Los videojuegos pueden convertirse así en un espacio cotidiano para practicar algo útil: aprender a ganar sin humillar y perder sin convertir la derrota en un conflicto.
Deja que los hijos también elijan
Una noche el padre puede elegir.
La siguiente, uno de los hijos.
Después, otro miembro de la familia.
Rotar la elección hace que la actividad sea realmente compartida.
Además, permite descubrir intereses diferentes.
Quizá un hijo prefiera carreras mientras otro disfrute construyendo. Uno de los padres puede inclinarse por juegos de lógica y otro por deportes.
No todas las sesiones tienen que entusiasmar por igual a todos.
Eso también forma parte de convivir.
En ocasiones participamos en una actividad porque es importante para alguien que queremos.
Esta idea resulta especialmente útil cuando existe una diferencia de edad considerable entre hermanos.
En lugar de intentar encontrar permanentemente el videojuego perfecto para todos, se puede alternar.
Lo importante es que ninguna persona monopolice siempre la elección.
Una tarde familiar de videojuegos puede organizarse sin complicaciones
No hace falta convertir la actividad en un evento extraordinario.
Supongamos que una familia quiere comenzar a jugar junta los sábados.
Podría elegir una franja en la que normalmente todos estén disponibles. Antes de comenzar, deciden qué juego utilizarán y aproximadamente cuánto tiempo jugarán.
Los teléfonos pueden quedar a un lado durante ese periodo.
Esto último puede parecer curioso: utilizar una pantalla mientras se evitan otras.
Pero tiene sentido.
La diferencia está en compartir una misma actividad en lugar de que cada persona esté aislada mirando su propio dispositivo.
También pueden realizar pequeñas pausas.
Si llevan un buen rato sentados, levantarse, beber agua o simplemente cambiar de actividad durante unos minutos resulta razonable.
Y cuando termina el tiempo acordado, termina.
Si todos quieren continuar en otra ocasión, mejor todavía. La próxima sesión ya tiene una actividad pendiente.
Los videojuegos no necesitan sustituir otras tradiciones familiares
Una familia puede disfrutar de una noche de gaming y al día siguiente salir al parque.
Puede jugar una carrera virtual y después cocinar junta.
Puede utilizar videojuegos durante las vacaciones y seguir teniendo espacios sin pantallas.
No hay necesidad de plantearlo como una elección entre mundo digital y mundo real.
Ambos pueden coexistir.
De hecho, uno de los objetivos más razonables es precisamente enseñar a los hijos que el entretenimiento digital es una opción entre muchas.
Hay días para jugar.
Otros para salir.
Momentos para estudiar.
Momentos para descansar.
Momentos para conversar.
Cuando existen diferentes fuentes de entretenimiento y conexión familiar, los videojuegos dejan de cargar con una importancia excesiva.
Preguntas habituales antes de empezar a jugar en familia
¿Es necesario comprar una consola para jugar juntos?
No necesariamente. Existen videojuegos en diferentes dispositivos y plataformas. Lo importante es comprobar que el juego permita la participación que busca la familia y sea apropiado para quienes lo utilizarán.
¿Qué ocurre si uno de los padres no disfruta de los videojuegos?
No necesita convertirse en aficionado. Puede participar ocasionalmente, interesarse por lo que juegan sus hijos o compartir otras actividades familiares. El objetivo no es obligar a todos a tener los mismos gustos.
¿Es mejor jugar de forma cooperativa?
Depende de la familia. Los juegos cooperativos pueden resultar especialmente cómodos cuando existen grandes diferencias de habilidad. Los competitivos también pueden ser divertidos si todos manejan bien la victoria y la derrota.
¿Deberían jugar padres e hijos todos los días?
No existe necesidad de convertirlo en una actividad diaria. Puede ser ocasional o formar parte de determinados momentos de la semana. Lo importante es que no desplace otras actividades necesarias.
¿Qué hago si mis hijos solo quieren jugar y rechazan cualquier otro plan?
Conviene revisar cómo está organizada la rutina y ampliar las alternativas disponibles. Si el videojuego está desplazando de manera persistente el descanso, las responsabilidades, las relaciones u otras actividades importantes, será necesario establecer límites y comprender qué está favoreciendo ese patrón.
Compartir el juego importa más que dominarlo
Dentro de algunos años, probablemente los hijos no recuerden si su padre consiguió terminar primero una carrera o si su madre aprendió correctamente todos los botones del mando.
Es más probable que recuerden que participaron.
Que preguntaron.
Que intentaron comprender algo que para ellos era importante.
Ahí se encuentra buena parte del valor de jugar videojuegos en familia.
No es necesario presentar el gaming como una actividad extraordinariamente beneficiosa ni como una amenaza que debe mantenerse bajo vigilancia permanente. Puede ocupar un lugar mucho más sencillo: ser otra forma de entretenimiento compartido.
Cuando existen contenidos adecuados, límites razonables, respeto entre jugadores y espacio suficiente para otras actividades, una consola puede dejar de ser aquello que separa a quien juega de quien observa.
Durante una partida, puede ocurrir exactamente lo contrario.
Padres, hijos y hermanos pueden sentarse frente a la misma pantalla, perseguir un objetivo común, equivocarse, reírse de sus propios errores y decidir que la revancha queda pendiente para el próximo fin de semana.

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